Monday, November 19, 2012
Paradojas de los sometidos.
Miami, Florida, a 28 de febrero de 2011.
Desde hace miles de años los seres humanos hemos vivido bajo diferentes modos de producción, desde el esclavismo hasta el capitalismo (comunismo incluido), en todos éstos las constantes han sido la explotación de las masas en manos de los poderosos y la aceptación del sistema de sometimiento no sólo por los beneficiados directos sino, irónicamente, también por sectores de los grupos explotados. Bien sea por coerción o por formas más sutiles como la manipulación informativa y la propaganda que repite continuamente una mentira hasta convertirla en “verdad”, el dominio de las dóciles mayorías por parte de los más fuertes ha sido la triste e invariable forma de convivencia de los seres humanos
No obstante, uno de los momentos en que dicha dominación fue relativamente debilitada -cuando menos en buena parte del mundo occidental, en especial en países como EE. UU.- inició a finales de los años 1930 y finalizó en los años 1970; en este período las clases medias y las masas trabajadoras se fortalecieron como nunca antes y la histórica explotación del hombre por el hombre, pareció ceder parcialmente dentro del capitalismo gracias al uso de una política económica diferente basada en los planteamientos económicos de John Maynard Keynes.
Erróneamente el bienestar económico en el mundo se percibe como un juego de suma cero: lo que unos ganan, los otros lo pierden; de tal suerte que las élites sociales crearon diversas estrategias para desarticular ese nuevo sistema que atentaba contra sus intereses. La forma más sencilla de hacerlo fue enturbiando la imagen del papel positivo del sector publico en la economía y, por supuesto, buscando revivir los dogmas económicos clásicos que normaban el mundo desde Adam Smith hasta el surgimiento del keynesianismo, al fin y al cabo, el pensamiento económico clásico (o liberal) es articulado, inteligente y nunca pasó de moda en los sectores tradicionalistas de las sociedades. Después de varias décadas las oligarquías lograron su cometido con el ascenso al poder de Thatcher y Reagan quienes fueron seguidos por muchos más en la implementación del neoliberalismo (heredero ideológico del pensamiento económico clásico) que sigue arraigado en amplios sectores de las sociedades que -víctimas de los sofismas neoliberales- son sin saberlo y a pesar de su probable buena voluntad los grandes defensores y promotores de la plutocracia que vivimos.
Con el desmantelamiento de muchas monarquías gracias a las ideas de la Ilustración y con la separación del Estado de la Iglesia se redujo el margen de maniobra de aristócratas y nuevos burgueses surgidos de la Revolución Industrial para poder manipular y usufructuar a expensas de las mayorías como históricamente había sucedido. Los poderosos del mundo poco a poco fueron obligados a tener que depender primordialmente del poder devengado por sus capitales pues los títulos nobiliarios y el ilimitado poder eclesiástico, que antaño les funcionaba, fue perdiendo fuerza con el paso del tiempo. A raíz de estos cambios sociales los grandes capitalistas se vieron cada vez más identificados con el famoso laissez faire, laissez passer (dejar hacer, dejar pasar) planteado por los economistas clásicos, doctrina que busca la máxima libertad para los tenedores del capital. Imposible culparlos por su simpatías ideológicas ¿cierto?
Naturalmente, desde entonces empresarios y hasta ahora las grandes corporaciones han sido los benefactores de los partidos de derecha que aprovechando el desconocimiento de la historia económica por parte del ciudadano común y así como la oferta de argumentos lógicos -en ocasiones ciertos- del ideario neoliberal y la amplia influencia que tienen sobre los medios de comunicación, convencen y reclutan a sectores importantes de las masas para la promoción y defensa de intereses aparentemente de las mayorías, pero que en realidad, y en esencia, pertenecen a la agenda política de los de los grandes barones del dinero.
Desde mediados del siglo XIX el liberalismo económico fue cuestionado por comunistas y otros sectores de la sociedad por su ineficiencia para eliminar la pobreza, pero en muchos países sobrevivió hasta el primer tercio del siglo XX. Sin embargo la Gran Depresión permitió la puesta a prueba de medidas económicas diferentes a las utilizadas hasta entonces. Keynes convenció a suecos, alemanes, británicos y estadounidenses, entre otros, de utilizar métodos nuevos que contemplaban un papel más activo por parte del sector público para estimular la economía, lo que no sólo resultó en la superación de la crisis económica mundial sino en un período de enorme crecimiento y estabilidad económica, éste fue amplio y llegó a todos los estratos de la sociedad: burgueses, proletarios y clases medias por igual. Sin embargo, el gasto gubernamental - parte medular del modelo- necesariamente se nutre de un elemento amenazador para los grandes capitalistas del planeta: los impuestos. Es por esta simple razón que las oligarquías de todas las sociedades son las grandes enemigas del involucramiento del gobierno en la economía, no es la supuesta (y en ocasiones verdadera) inoperancia administrativa lo que les molesta pues los resultados en lo general son positivos, el rechazo y odio los origina el natural deseo de no verse despojados de sus recursos.
Todas las disciplinas tienen infinitas mediciones y lenguajes rebuscados que intimidan y desorientan a cualquiera, pero casi siempre es posible apelar al sentido común para comprender la esencia de todo y poder valorar adecuadamente cosas que aparentemente sólo unos cuantos son capaces de comprender. El caso de la economía no es diferente y si nos remitimos a los dos parámetros más importantes dentro de la misma: crecimiento económico y distribución del ingreso (riqueza), fácilmente podemos hacer una comparación entre los resultados del keynesianismo y el neoliberalismo. Usando como referencia a EE. UU., motor económico mundial y uno de los primeros países en seguir el pensamiento de Keynes, se puede encontrar que el crecimiento económico durante las décadas keynesianas nunca ha sido superado por los resultados de los gobiernos de corte neoliberal. Ahora bien, si hacemos la comparación de la distribución del ingreso en el mismo país, encontramos que bajo el neoliberalismo el reparto de la riqueza generada es muchísimo, repito, muchísimo más desigual, las rebanadas del pastel son peor repartidas y el progreso de las mayorías juega un papel secundario. Entonces ¿por qué la intervención del gobierno en la economía es vista con tanto recelo?
El recuento de los párrafos anteriores es muy general y puede parecer maniqueo y hasta moralista, lejos de pretender hacer un juicio de valor solo intento evidenciar la causa principal por la que los grupos más poderosos de las sociedades, hoy en día compuestos sustancialmente por los grandes empresarios corporativos (herederos del poder antes ostentado por la Iglesia y las monarquías), se esfuerzan tanto por manchar al gasto público que es la herramienta más eficiente de toda sociedad para generar progreso colectivo; el motivo es sencillo, el capital que permite a gobiernos brindar estos beneficios proviene de los impuestos pagados por oligarcas y pagar impuestos no es del gusto de nadie. Ahora bien, es pertinente destacar que los esfuerzos por contribuir lo menos posible con el financiamiento gubernamental son normales y acordes a la lógica egoísta inherente a los seres humanos, son posturas absolutamente legítimas que la inmensa mayoría de las personas -de estar en esa posición- tomaríamos y defenderíamos. Sin embargo, la gran paradoja es que los grandes privilegiados del sistema (numéricamente insignificantes) y, quienes en materia económica, frecuentemente antagonizan con el bienestar colectivo, son ciegamente respaldados por amplios sectores poblacionales que, sin saberlo y victimas de su inconsciencia, apuntalan a quienes muchas veces son sus propios verdugos económicos.
Subscribe to:
Post Comments (Atom)

No comments:
Post a Comment